UK 1, USA 0

4 junio, 2011 by: Javier

Esta es una nota injusta con el perdedor, porque ni siquiera sabía que estaba siendo sometido al ojo crítico de Speak & Span. Esta semana he asistido a dos conferencias realmente interesantes en la universidad, de Daniel Goleman y Tony Blair. Daniel Goleman es el autor del libro Inteligencia Emocional, del que lleva vendidos más de 5 millones desde que apareció en 1995.

Los dos son asiduos del circuito mundial de conferenciantes, oficina móvil en la que no está nada mal ganarse la vida. Blair cobra más de 200.000 euros por conferencia. Si te pagan ese dinero por hablar en público, ya puedes hacerlo bien pero que muy bien.

Daniel Goleman aparece vestido con un traje marrón, que no es el mejor color para transmitir poder, y camisa con cuello de botones, también algo informal. Su ponencia es un popurrí de píldoras sobre inteligencia emocional. Se nota que tiene muchas preparadas y que juega con ellas como si fueran bolas de malabares. El resultado es algo confuso, porque salta de una píldora a otra a veces sin establecer la conexión entre ellas. Puede hablar durante horas, de hecho en esta conferencia lo hizo durante una hora completa y al final preguntaba “¿de cuánto tiempo dispongo?”, como si pudiera seguir sin fin. Su contenido es magnético, pero desluce por la falta de estructura. La impresión es que nos ha hecho ver lo docto que es en el tema, pero no nos quedamos con un mensaje único, sino con una lista de consejos inconexos. Hace un esfuerzo por adaptar el discurso a la audiencia, refiriéndose de vez en cuando a los estudiantes, y a España. Lo malo es que se hace condescendiente. Por ejemplo, pregunta si aquí tenemos la revista The Economist, como si esto fuera una isla del Pacífico, o nos sugiere que España puede ser un centro de desarrollo de iniciativas medioambientales, como si estuviéramos buscando un consejo del gran hermano americano sobre cómo canalizar nuestros recursos. También demuestra su desconocimiento del país preguntando si aquí decimos “inshalá” – puede no saber dónde está Jaén, pero sí tenía que saber ya que en España no se habla árabe. Usa PowerPoint para ilustrar algún punto, no como guión. Es un tipo simpático y quiere aparecer relajado con la audiencia. Mira a todos, se lleva la mano al bolsillo continuamente, se coloca a un lado del atril apoyándose y cruzando las piernas. Se mueve muy bien por el escenario, sin pasear como una fiera enjaulada, entre la pantalla, la mesa, y el atril. Si le ves solo a él en una conferencia, seguro que le pones un ocho mínimo por su facilidad de palabra y su soltura en el escenario.

Pero entonces aparece Tony Blair, el epítome del orador perfecto. Lleva un traje azul oscuro, camisa blanca, y una corbata roja que resalta el rostro. No se mueve tras el atril, pero tampoco se agarra a él. Las manos gesticulan cómodamente, y cuando no las está usando, las junta por las puntas de los dedos, un gesto tradicional de dominio. Ni se le ocurre metérselas en los bolsillos. Se asegura de mirar a todas las zonas de la sala, como una cámara panorámica. Su discurso está perfectamente hilvanado, con cinco puntos que nos anuncia y que enganchan perfectamente en secuencia, con el quinto refiriéndose de vuelta al primero. El discurso está plagado de cromos de su experiencia como primer ministro, que siempre son llamativos cuando dan a conocer los entresijos del poder. Solo utiliza sus notas, nada de PowerPoint, y las mira muy de vez en cuando. La impresión que da es de cercanía. No para de sonreír, y nos cuenta anécdotas en las que aparecen su mujer, sus hijos, y su banda de rock, mientras que Goleman ilustraba su discurso con historietas de Harvard sin demasiada gracia.

Los dos son oradores que dominan cualquier escenario. Pero uno se lo ha trabajado a conciencia, se ha preocupado por transmitir un mensaje clarísimo y una impresión perfecta, y lo consigue. El otro también logra hacernos pasar un buen rato, pero el resultado está a un océano atlántico de distancia.

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