Preguntas estúpidas

10 mayo, 2012 by: Javier

Habrás oído muchas veces que no hay preguntas estúpidas, solo respuestas estúpidas. Nada más lejos de la realidad. Las preguntas estúpidas abundan y llenarían millones de páginas de la estupipedia. Lo que sí que hay son respuestas inapropiadas a las preguntas estúpidas. Saber responder a estas preguntas te va a dar un montón de puntos de presentador fantástico.

La pregunta más estúpida que he oído nunca la hizo un compañero de colegio cuando teníamos 17 años, en lo que entonces se llamaba 3º de BUP. Estábamos en clase de Historia con Elmer, que era el apodo cariñoso según cómo se mire del profesor. Nos estaba enseñando diapositivas de arte medieval (no existía PowerPoint, parece increíble pero es que el mundo era mucho más complicado entonces). La verdad es que era primavera y después de comer, así que no creo que ninguno de los adolescentes presentes estuviéramos en plena posesión de nuestro poder mental. Después de una decena de imágenes aburridísimas de piedras y nombres santos, aparece el Crucifijo de Don Fernando y Doña Sancha, una talla de marfil del siglo XI que ofrecieron los reyes de León de tales nombres a la colegiata de San Isidoro de León. Tras meditar unos instantes después de la explicación de la obra, mi amigo, con expresión docta y voz de ilustrado, levantó la mano para hacer la pregunta reina de todas las preguntas estúpidas: “Oiga, es que en ese crucifijo solo veo a Don Fernando, ¿dónde está Doña Sancha?”

Claro que Elmer, que no había leído este artículo, le crucificó a él en la respuesta.

Hay otro tipo de preguntas muy estúpidas, que se suelen hacer en las reuniones de padres en los colegios, y en menor medida en las juntas de vecinos. El director del colegio está explicando la reorganización del claustro para dar cabida a una mayor diversidad didáctica, cuando una madre levanta la mano y dice “es que mi hijo tiene fimosis en la oreja, y no se si esto le va a venir bien”. Es decir, está asumiendo que toda la audiencia está interesada en su caso particular, sin caer en la cuenta de que si todos expusieran sus particularidades sería como una gran reunión a dos por doscientas personas, o sea, de ciento y pico horas.

¿Cómo se responden estas preguntas? Lo esencial es que la persona que pregunta no se sienta mal. Tú no necesitas hacer ver a la audiencia que sabes que esa pregunta es estúpida. Es lo primero que te viene a la cabeza, con el propósito natural de mantener tu estatus. Ellos ya se han dado cuenta inmediatamente, solo tienes que mirar sus caras. Si respondes machacando al que pregunta, esa persona se va a sentir mal, pero lo malo es que al resto de la audiencia le va a incomodar que tú como maestro de ceremonias, con todo el poder en la sala, le hayas machacado. El público se suele poner de parte del más débil.

Así que lo que se debería hacer en estos casos es responder como si fuera la pregunta más interesante del mundo. Por ejemplo, “el nombre te ha llevado a confusión, los reyes en este caso son los donantes de la obra, no los crucificados, aunque también se crucificaba a los reyes en otras culturas”. Y que se rían los otros, no tú. A la madre despistada le puedes decir que te encantará tratar con ella su caso después de la presentación. El efecto es que la audiencia va a apreciar el tacto y el cariño con el que has respondido, y se van a sentir más cercanos a ti. Si apareces como un sabelotodo, te van a perder algo de respeto, al contrario de lo que te podías pensar.

Tampoco está de más explicar bien las cosas. Después de todo, ¿quién ha dicho que en el siglo XI todos estuvieran bien de la cabeza?

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