Palabrotas

17 Abril, 2011 by: Javier

En la universidad esta semana, un ponente de una conferencia sobre estrategia publicitaria ha debido soltar unas 40 veces hostia, y otras 53 joder. Su profesión es la de estratega publicitario. Es sabido que los estrategas y/o creativos de la publicidad son diferentes. En las reuniones siempre son los más cercanos a la realidad, los que se expresan de manera más cándida y sincera, los más simpáticos, los que sólo hablan cuando tienen algo interesante que decir, y a los que peor se les da hablar en pedorro (ese idioma con frases como “quisiera trasladarles mi honda preocupación por el rumbo que está adquiriendo el cometido encomendado”). Así que mi admiración por ellos es intensa. Incluso si no dijeran nada, son fáciles de identificar. Por lo general visten diferente, en un afán por ser ellos mismos, o sea nada estirados, y diferenciarse de los “suits”, como llaman en inglés a los ejecutivos de cuentas. También es cierto que al diferenciarse todos a la vez acaban pareciendo todos iguales, con rigurosa camiseta, zapatos de horma poco tradicional, pelo largo o rapado, y reloj gordo marca Fosil o similar.

Nuestro amigo de la conferencia probablemente estaba intentando ser él mismo y mantenerse dentro de su concepto de lo que es un creativo, natural y directo, hablando sin tapujos a una audiencia que además estaba compuesta en su mayoría de personas de la profesión. Pero el efecto es desastroso. Creo que incluso sus colegas se han dado cuenta de que no es lo mismo decir palabras malsonantes en la reunión con tu equipo, o incluso con el cliente si le conoces bien, que en una conferencia donde puede haber de todo y donde, aunque fueran todos colegas, con que hubiera uno que no lo fuera ya merecería el respeto que supone no utilizar palabras que se consideran gruesas por cualquier audiencia. Porque el mensaje que se traslada no es que eres espontáneo y natural, sino que te permites un lujo que no está permitido. No está escrito, pero todo el mundo lo entiende así. Y si no, pregúntale qué le parece a la que más sabe de la impresión que das: tu madre.

Así que, en su afán por ser cercano, el ponente acaba siendo percibido como lo contrario. Cada vez que suelta un hostia, la audiencia piensa “ahí va otro, ¿no se da cuenta de que está jugando con la impresión que le va a dar a ese de ahí que parece tan clásico?” Y el público se pone tenso, porque empieza a pensar que el ponente no lo está haciendo bien, y nadie quiere ver al ponente haciéndolo mal, sea porque está nervioso o porque mete la pata. Me pasa a veces con algún programa de radio de los de gran audiencia. Cambio de emisora no porque me suenen mal las palabrotas, sino porque me parece que instantáneamente baja la calidad de lo que estén diciendo.

Cuando estás ahí arriba en el escenario, eres el director de pista. Seguro que nunca has oído a un director de pista decir palabrotas, ni siquiera en el circo.

3 respuestas a “Palabrotas”

  1. diego dice:

    Las palabras malsonantes han de cumplir una función, bien sea mostrar enfado, enfatizar algo, o lo que sea; las palabras rebuscadas cuentan otra historia, y así con todas. Lo suyo es usarlas bien; si todas son rebuscadas, serás un pedante, y si sueltas muchos tacos, muestras tu falta de vocabulario (cosa muy mala para cualquiera que trabaje en publicidad, da igual recepcionista que CEO).
    Me gusta el “mom test”…

  2. pepe dice:

    Las palabrotas cuando se habla en publico,quedan muy mal,aparte de ser un falta de educación muy grave sobre todo si estan mal dichas.Como puede ser;en el partido de España contra italia en la euro copa 2008 que ganaron a penaltis.Bueno pues el comentalista de la “cuatro” .Cuando ganaron dijo palabrotas (no se si seria de felicidad) pero las dijo,me pareció una falta de respeto hacia los espectadores.
    gracias javier.

  3. Eduardo dice:

    A mí no me gusta decir palabrotas y, en consecuencia, casi nunca las digo.
    Algún taco bien puesto y bien dicho puede ayudar a dar fuerza al discurso, pero hemos llegado a un extremo en el que las palabrotas se repiten tanto que casi anulan todo lo demás y acaban siendo una manifestación clara de pobreza de lenguaje de quien habla.
    Y eso es completamente negativo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


7 × nueve =