Obama campeón

13 Mayo, 2011 by: Javier

Marta me pide que le echemos un ojo al discurso del presidente Obama en los pasillos de la Casa Blanca declarando que se han cargado a Osama bin Laden (http://www.youtube.com/watch?v=m-N3dJvhgPg)

Es una ocasión que aprovecha a la perfección para transmitir autoridad y confianza en sí mismo. Empezando por la puesta en escena: entra desde una puerta lateral, andando el pasillo con paso firme y mirada al frente, pero de una manera coloquial alejada de cualquier presunción. Más como alguien que no necesita demostrar nada, que como un jugador de fútbol camino del vestuario después de haber ganado el partido. Es el rey del mundo, sabe que está hablando al mundo entero, y no le preocupa en lo más mínimo.

No sonríe ni una sola vez. No busca comunicar victoria, sino deber cumplido después de muchas penurias. Nos está diciendo que no ha sido fácil, y que le gustaría no tener que volverlo a hacer porque supondría que algo malo les habría vuelto a pasar. La sonrisa, tan necesaria para atraerse al público, en esta ocasión le haría parecer débil o frívolo.

Levanta la cabeza con la barbilla apuntando al frente, un gesto desafiante que transmite superioridad, pero sin llegar al punto en el que parecería arrogante. Al levantar la barbilla expones el cuello, diciendo que no temes a nadie, y además pareces más alto.

Utiliza la narración de lo que ocurrió en septiembre de 2001 y después para poner el evento en perspectiva, pero también para mantener la atención de la audiencia. Con descripciones gráficas de la tragedia. Es mucho más fácil seguirle si nos está contando un cuento, que si nos suelta los convencionalismos que le ofrece la ocasión. La narración es una ayuda audiovisual que siempre funciona.

Hace un uso perfecto de las pausas. En varias ocasiones se calla y mira a la cámara sin pestañear. Tiene a la audiencia a sus pies, y disfruta siendo el director de pista.

Utiliza la voz sin estridencias, como requiere el asunto, sin exagerar el tono ni el volumen.

Parece que está atornillado al suelo. No se le mueven los hombros durante los 10 minutos que dura la intervención. Esto podría resultar tedioso para la audiencia en una presentación sobre marketing directo. Pero en este tipo de discursos, el mantener cada milímetro de la compostura le da más poder. Es el comandante en jefe y no quiere parecer que se relaja bajando un hombro, ni que está nervioso y necesita descargar energía moviéndose tras el atril.

Aprovecha la ocasión para atribuirse el éxito. Su popularidad hasta entonces lo requería. Aunque agradece su trabajo al aparato de defensa, dice en tres ocasiones que es él el que mueve los hilos, y el que autoriza y dirige la operación. Suficiente para dejarlo claro, pero no excediéndose como por ejemplo hizo el presidente de Chile con los mineros rescatados el año pasado.

El contenido está perfectamente estructurado, en tres partes. Tres es el número mágico para que la audiencia no se pierda: empieza anunciando el hecho, ligado a la historia que lo provocó. A continuación nos cuenta cómo se ha desarrollado la operación. Y termina avisando a los malos de que se anden con cuidado, porque siempre les van a terminar pillando – incluido a los paquistaníes, a los que les dice chicos, os lo dije.

Si tuviera que cambiar algo, le prohibiría juntar las manos. Cada vez que lo hace da un porrazo al atril, que resuena en los micrófonos. No lleva un micrófono de solapa porque es un discurso solemne, y un micro de solapa frente a dos gordos de atril es lo que unas zapatillas de andar por casa a los zapatos de tu boda. Pero el riesgo es que va a oírse hasta el crecimiento de las uñas. Las manos tendrían que haber permanecido separadas en todo momento, gesticulando como lo hace de vez en cuando para remarcar un punto.  

Al final se va por la misma puerta por la que entró. Da gusto verle, por su apariencia, y por la ocasión.

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