La apertura, de memoria

6 abril, 2012 by: Javier

Si no te sabes el comienzo de tu intervención al hablar en público, igual tienes un problema. Te subes al escenario, estás relajado porque vas a hablar de la predominancia de la cultura cretense en el desarrollo del Mediterráneo temprano, un tema que conoces bien. Has hablado con algún miembro de la audiencia antes de empezar, así que ya no son todos extraños que te quieren comer. Te has preparado unas cuantas diapos de PowerPoint, y llevas tu colección de jarrones minoicos.

Como el tema te es familiar, no te has preocupado en pensar cómo empezar, simplemente asumes que arrancas con “buenos días, encantado de estar aquí…”, o con alguna obviedad o formalismo similar, y adelante. Pero de repente, la persona que te ha invitado a hablar termina de presentarte. No se oye nada más que el galope de tus neuronas desbocadas. Las 200 personas en la audiencia te están todas mirando, y además tienen caras serias. Tras decir buenos días, empiezas a sudar, se te seca la boca, te tiemblan las piernas, se te ladea la sonrisa, tus manos parecen témpanos, el corazón se te sale por las orejas, y la respiración se acelera y no puedes llenar los pulmones. Las siguientes palabras después de tu saludo te salen cascadas, como las de un anciano sin fuerzas. Tienes un caso claro de miedo escénico. Lo bueno es que también les pasaba a los cretenses hace 2000 años.

Lo mejor para evitarlo, por encima de otros cuantos trucos, es saberte el comienzo de tu presentación de memoria. De memoria es de memoria, no más o menos. Es decir palabra por palabra lo que te has escrito y ensayado un montón de veces hasta que te sale como las tablas de multiplicar. Te lo sabes tan bien que puedes estar pensando en otra cosa mientras lo estás soltando a tu audiencia.

Esto que es tan sencillo de hacer te da una seguridad insuperable. Es igual que si estuvieras contando esa historia sobre tu infancia que has repetido cien veces. Y es lo que no hizo el procurador general de Obama, Donald Verrilli, hace unos días cuando compareció ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos para defender la reforma del sistema sanitario, la ley llamada Obamacare, de los recursos presentados por los ciudadanos y por los Republicanos. Aquí tienes el comienzo de su intervención, en el que carraspea nervioso después de perder el hilo y la seguridad: http://www.businessinsider.com/donald-vericilli-coughing-supreme-court-obamacare-meltdown-2012-3

El comienzo de tu presentación puede durar unos tres minutos. En ese tiempo les deberías contar algo que agarre su atención, por qué te deberían escuchar, y el tema del que les vas a hablar. Tres minutos de presentación se memorizan fácilmente. Y merece la pena. De otro modo, las circunstancias se te pueden echar encima, como a Verrilli, que probablemente ahora esté lamentándose de haber creído que estaba chupado por su experiencia anterior con el Supremo, su estatus político, y su convencimiento en que lo que defiende es bueno para todos.

“Hace 2000 años, este jarrón costaba media docena de huevos. Hoy cuesta media docena de miles de euros. Y no solo porque es una antigüedad, sino porque representa una parte de lo que todos ustedes llevan dentro, la cultura mediterránea. Hoy vamos a hablar de una civilización que puso en marcha el mundo occidental tal como lo conocemos, y cuando salgamos de esta charla nos vamos a conocer mejor a nosotros mismos, y habremos extendido nuestra familia hasta el otro extremo del mar.” O algo así. Cuando pienses que no merece la pena prepararte la apertura de memoria, ponte la grabación del procurador general. Si le pasa a él, seguro que te puede pasar a ti.

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