Esa mirada fija

18 Marzo, 2011 by: Javier

Una vez tuve un jefe de mi jefe que padecía un caso claro de disemia, aunque él no lo sabía. La disemia es la incapacidad para percibir los signos. En las reuniones, en las charlas de máquina de café, y en las comidas, mientras hablaba, y hablaba mucho sin importarle que los demás se aburrieran o quisieran tal vez decir algo también, fijaba la vista en uno de los presentes, y no le soltaba hasta que acababa la reunión o evento cafeto-gastronómico. El resto de los que estábamos allí pensábamos que, o bien iba a despedir al que no dejaba de mirar, o bien te iba a despedir a ti, puesto que no te hacía ni caso. Al principio supuse que simplemente era mala educación, pero con el tiempo me di cuenta de que era un trastorno. Ahora debe de estar jubilado, igual sigue haciendo lo mismo con sus colegas de mus, con lo que seguro que pierde todas las partidas.

El fijar la vista en una persona, durante más tiempo del que le va a permitir a esa persona estar cómoda, es uno de los fallos que suelen tener los presentadores menos experimentados. Ocurre cuando el presentador está algo tenso, y su entorno se reduce a sí mismo, sin incluir a la audiencia – excepto al observado, que sonríe por ser simpático pero deseando que le deje en paz.

El otro fallo común es no mirar a cada persona de la audiencia el tiempo necesario, yendo de uno a otro en vuelo rasante. Cada persona de la audiencia son todos, no unos pocos. Y el tiempo necesario es de tres a cinco segundos. Seguro que has leído por ahí que son de dos a cuatro, o tres, segundos. No importa, la clave es mantener mini conversaciones con cada persona de tu público. La interpretación de la persona a la que no estás mirando es que pasas de ella. En más de una ocasión presentando a un posible cliente, he estado a punto de decir a quien fuera del equipo que estaba hablando que por favor mirara también al financiero, que seguro que algo tenía que aportar a la decisión de qué agencia escoger.

Manteniendo mini conversaciones con cada persona de la audiencia consigues tres cosas:

1. Aparecer muy seguro de ti mismo. Te atreves con todos, porque tienes algo importante que contarles. Si no fijas la vista en las personas, la impresión que transmites es que pasas, que no te crees ni tú lo que estás diciendo, o que no estás muy interesado. ¿Te imaginas a un vendedor de El Corte Inglés que no te mira a los ojos cuando te está contando las bondades de un equipo de música? A mí me pasó una vez, y compré el equipo de música en la calle Barquillo.

2. Hablarles de uno a uno. Es mucho más fácil hablar a una persona, aunque no la conozcas, que hablar a un grupo. Con lo que vas a reducir tu tensión. ¿Y si son 500, cómo miro a todos, eh, eh? Si tienes la suerte de tener a una audiencia de 500, el truco es mirar por zonas. Dentro de cada zona mira a una persona: los que están cerca creerán que les estás mirando a ellos también. Es igual que en las fotos donde el sujeto está mirando a la cámara: siempre parece que te está mirando a ti, aunque te pongas de refilón.

3. Percibir si están entendiendo tu mensaje, o si se están aburriendo. Sus caras te lo van a decir todo, y si no les miras no vas a poder recibir su mensaje sin palabras.

Mirar a cada persona de la audiencia manteniendo una pequeña conversación con cada uno es una habilidad muy fácil de dominar, y la que más te va a hacer parecer un experto. Merece la pena ensayarla cada vez que tengas ocasión de hablar en un grupo, aunque no estés presentando nada.

Al jefe de mi jefe nunca se lo dije. Estoy seguro de que me habría despedido, o peor, que me habría soltado un rollo de tres horas sin dejar de mirarme mientras los contertulios pensaban en su finiquito.

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