Castañazo

27 julio, 2011 by: Javier

Esta tarde me he dado un castañazo monstruoso en bici. Bajando una cuesta a toda pastilla, la rueda delantera se ha enganchado en una zanja y he salido volando. Durante el vuelo he tenido hasta tiempo de mirar el paisaje. El aterrizaje ha sido sobre arenilla y piedras, con el resultado de magulladuras del tamaño de cebollas y raspones de esos que te hacen cambiar las sábanas todas las noches. Así es la vida deportiva del ciclista de montaña, comes muchas moscas, tienes glúteos a prueba de sillas de cine de verano, y te dejas unos metros de piel en los caminos.

Pero con todo lo achacoso que estoy ahora, oliendo a Réflex como un vestuario de rugby, no es nada comparado con el cansancio de ayer después de dar una conferencia de tres horas sobre publicidad. Y eso que había aire acondicionado, la sala era perfecta, funcionaba todo, y la audiencia era encantadora.

¿Por qué cansa tanto hablar en público? Incluso si tienes la tensión bajo control, es decir, si no te tiembla nada, acabas como si hubieras corrido un maratón por la playa sin zapatillas. Todos tenemos al menos un poquito de adrenalina circulando por nuestro sistema al presentar, y la adrenalina aumenta radicalmente la actividad de tu cuerpo, cansándolo sin que puedas hacer nada. Aunque como somos unos profesionales de esto, la hormona ACTH hace su aparición rápidamente desde el sistema nervioso parasimpático, para relajarnos y tener esa apariencia de seguridad aplastante.

Para empezar, estás de pie un rato largo. En una fiesta también estás de pie, pero de vez en cuando te sientas si queda alguna silla libre, y si no te apoyas en la barra. Si no estás totalmente erguido, como deberías estar para transmitir autoridad, tus riñones cargan con más peso del normal y te sientes como yo en el primer día de la mili, cuando pasé un total de ocho horas de pie haciendo cola para que me dieran desde las botas hasta el corte de pelo.

Además, tienes que estar en alerta constante para controlar que todo sigue su curso. Esto incluye la temperatura de la sala, los que hacen demasiadas preguntas y no dejan hablar al resto, el camarero que te interrumpe para preguntarte si quieres ya el café, el tiempo de la pausa para que los fumadores se fumen un cigarrillo y no un puro, los dos que están al fondo cuchicheando cada vez que hablas de algo que les recuerda a una peli que han visto, o el cuadro del proyector que siempre tiene esa inclinación de 15 grados a la izquierda. Es igual que cuando eres el anfitrión de la fiesta y todo el mundo se lo pasa pipa menos tú.

Por otro lado, estás hablando con 50 a la vez, no con alguien en el pasillo. Así que estás atento a las reacciones de 50, para modular tu mensaje de acuerdo con las reacciones que percibes. Aunque interpretas el lenguaje corporal de manera casi instintiva, tu cerebro está procesando todas esas expresiones y posturas permanentemente.

El volumen de tu voz no es el que utilizas para hablar a tu madre por teléfono, sino más bien el que aplicas a la bronca que le echas a tu hijo de 13 años para imponerte y que no se te subleve. Imagina lo cansada que está tu voz después de echar una bronca de tres horas seguidas, y sin apoyo conyugal.

Y qué decir del movimiento. En una charla de tres horas te mueves unos 10 metros por minuto por el escenario, a no ser que estés atornillado a un atril. Eso hace un total de 1.800 metros, y con zapatos de vestir. Parecido a ir al baño unas 100 veces durante un banquete de boda.

Al presentar también gesticulamos un montón. Tus brazos y manos se disparan en todas direcciones en cuanto te sumerges en tu contenido, porque te gusta y quieres expresarte con todas tus armas. Igual que si fueras el hombre del tiempo y te tocara explicar el tiempo en todas las capitales del planeta de un tirón. Seguro que él lo haría sentado.

A todo esto súmale que la audiencia espera que te sepas la presentación como los cabos y los ríos en el cole. Si alguna vez has vivido la tensión de pasar un examen oral, aunque sea de un ratito, sabrás que uno de tres horas te cansa bastante más.

Así que llegas a casa y solo quieres descansar. Pero en el caso del castañazo, hasta tumbarte duele…

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